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29-09-2026 | 17:55hs
•OPINIó

El PP pierde el relato

Feijóo corre el riesgo de confiar su llegada a La Moncloa al desgaste de Sánchez mientras el PP continúa reaccionando a las crisis, los tribunales y los escándalos sin conseguir imponer una agenda propia ni transformar el hartazgo con el Gobierno en ilusión por una alternativa

La pregunta sobre el Partido Popular empieza a ser bastante sencilla y, al mismo tiempo, bastante incómoda: ¿sabe hacer algo más que esperar? Esperar una decisión judicial, una exclusiva de prensa, otro nombre en un sumario, una nueva contradicción del Gobierno, que alguno de los socios parlamentarios de Sánchez termine cansándose o que la acumulación de problemas haga por sí sola el trabajo que corresponde a la oposición. Electoralmente puede incluso tener sentido, porque cuando el adversario acumula desgaste, la tentación de no tocar nada y esperar es enorme. Pero una cosa es esperar que caiga un Gobierno y otra bastante distinta demostrar que se está preparado para sustituirlo. El PP corre el riesgo de confundir ambas cosas y de pensar que cada problema de Sánchez supone automáticamente un paso adelante de Feijóo, cuando el desgaste del adversario puede producir rechazo sin generar necesariamente ilusión por la alternativa.

Ocasiones para ponerse por delante no le han faltado, porque la DANA, Ceuta, la vivienda y una larga sucesión de crisis han proporcionado suficiente espacio político para que el principal partido de la oposición hubiera intentado marcar la agenda en lugar de limitarse a comentarla. El mecanismo se repite con demasiada frecuencia: ocurre algo, responde el Gobierno, aparecen los titulares y después llega la reacción del PP; al día siguiente aparece una resolución judicial, una información nueva o una declaración polémica y vuelve a producirse exactamente el mismo esquema. El problema no está en responder, porque esa es también una obligación de cualquier oposición, sino en convertir la respuesta en prácticamente toda la estrategia, ya que quien se pasa una legislatura reaccionando termina permitiendo que sean otros quienes elijan los asuntos, los tiempos y hasta las palabras sobre las que gira la discusión. Se puede ganar así una sesión de control o dominar durante unos días los informativos, pero resulta mucho más difícil construir la sensación de que existe un proyecto político capaz de imponer sus propios debates.

La vivienda es posiblemente el mejor ejemplo porque no apareció ayer, no dependía de ninguna investigación judicial y lleva años convirtiéndose en uno de los principales problemas de millones de españoles. El PP tiene propuestas, plantea liberalizar suelo, reducir impuestos, facilitar el acceso de los jóvenes y ahora habla incluso de construir un millón de viviendas durante una legislatura, de modo que el problema no es la ausencia absoluta de medidas, sino su incapacidad hasta ahora para convertirlas en el centro del debate y obligar al Gobierno a responder a ellas. A finales de septiembre, mientras el Ejecutivo negociaba nuevas medidas urgentes y el problema de la vivienda volvía a ocupar la agenda nacional, el PP continuaba fundamentalmente explicando por qué las políticas de Sánchez habían fracasado y presentando sus alternativas en respuesta a ese fracaso. Después de tantos años de crisis habitacional, la oposición debería haber conseguido hace tiempo que cualquier ciudadano pudiera explicar en treinta segundos qué cambiaría en vivienda con un Gobierno del PP, porque tener un programa y conseguir que ese programa construya un relato son dos cosas completamente diferentes.

La DANA ofrecía una oportunidad todavía más importante porque obligaba al PP a hacer algo bastante más difícil que criticar al Gobierno: reflexionar también sobre sí mismo. Una emergencia de aquella magnitud, con responsabilidades repartidas entre diferentes administraciones y con una Generalitat gobernada por el propio Partido Popular en el centro de la gestión autonómica, permitía plantear una revisión seria de cómo responde España ante una gran catástrofe, qué administración manda en cada momento, cuándo debe intervenir el Estado y qué mecanismos automáticos deben evitar que una emergencia termine convertida durante meses en una discusión sobre quién tenía que haber hecho qué. Convertir aquello exclusivamente en una batalla contra Sánchez podía resultar políticamente más cómodo, pero desaprovechaba la posibilidad de demostrar algo mucho más valioso para quien pretende gobernar: capacidad para analizar también los errores propios y utilizar una crisis para diseñar un sistema mejor.

Ceuta ha vuelto a mostrar el mismo problema desde otro ángulo, porque el PP considera que la información conocida sobre la crisis coloca al Gobierno en una situación política muy grave y mantiene abierta una moción de censura instrumental para llevar al país a elecciones, pero su explicación vuelve a acabar en que faltan cuatro votos para poder sacarla adelante. La aritmética es correcta, pero la política debería ser algo más que aritmética, especialmente cuando Vox ha decidido avanzar por su cuenta, hablar de traición y promover la activación del artículo 102 de la Constitución contra Sánchez, colocando nuevamente al PP ante una iniciativa planteada por otro partido y obligándolo a pronunciarse sobre un terreno que no ha elegido. La cuestión no es que Feijóo tuviera que presentar una moción destinada al fracaso ni que debiera seguir a Vox por el camino del artículo 102, sino precisamente lo contrario: entre hacer lo que propone Vox y explicar por qué no se hace existe un enorme espacio político para presentar una iniciativa propia, y resulta llamativo que, incluso ante acontecimientos excepcionales, el principal partido de la oposición vuelva a aparecer más como comentarista de las decisiones de los demás que como generador de las suyas.

Ese es el verdadero problema del PP, porque una alternativa de Gobierno no puede vivir únicamente del error ajeno ni confiar en que la próxima sentencia, la próxima exclusiva, el próximo escándalo o la próxima crisis acerquen un poco más La Moncloa. Su trabajo debería consistir también en conseguir que el Gobierno tenga que responder a sus iniciativas, que los ministros tengan que dedicar ruedas de prensa a desmontar propuestas del PP y que Sánchez se vea obligado alguna vez a correr detrás de Feijóo en lugar de que Feijóo aparezca permanentemente corriendo detrás de Sánchez. La oposición dispone, además, de una ventaja evidente para hacerlo, porque puede seleccionar asuntos, preparar propuestas y obligar al Gobierno a posicionarse sin tener que soportar inicialmente el peso de ejecutarlas, pero esa ventaja pierde buena parte de su utilidad cuando casi toda la energía política se concentra en esperar qué aparecerá al día siguiente en un juzgado, un periódico o una comisión de investigación.

Mientras tanto, el ciudadano de a pie contempla un panorama poco estimulante en el que un Gobierno acumula crisis y dificultades parlamentarias mientras la principal oposición parece confiar en que todo ese desgaste terminará trasladándola por gravedad hasta La Moncloa, aunque los problemas cotidianos sean bastante más elementales que la estrategia de Génova o Ferraz. La vivienda continúa siendo inaccesible para buena parte de los jóvenes, sacar adelante un pequeño negocio implica enfrentarse a una burocracia asfixiante, numerosas familias tienen dificultades para imaginar cómo estarán dentro de cinco años y buena parte de la conversación política sigue ocupada por fiscales, jueces, asesores, mensajes, comisiones, querellas y acusaciones cruzadas. El resultado no es necesariamente que una parte de esos ciudadanos empiece a ilusionarse con la alternativa, sino que puede terminar simplemente cansándose de todos, porque el hartazgo con quien gobierna no equivale automáticamente a confiar en quien espera sustituirlo.

Ahí puede encontrarse uno de los grandes errores estratégicos del PP: confundir el rechazo a Sánchez con entusiasmo por Feijóo y pensar que ambos sentimientos avanzan necesariamente juntos. Puede que esperar termine funcionando, puede que el desgaste del Gobierno continúe y puede incluso que, llegado el momento, los números permitan al Partido Popular gobernar, pero ganar unas elecciones por agotamiento del adversario y construir una mayoría social convencida de que existe un proyecto mejor son dos cosas muy diferentes. Entre un Gobierno que acumula problemas y una oposición que demasiadas veces espera a que esos problemas hagan el trabajo por ella se termina perdiendo algo bastante más importante que el relato de una semana, porque cuando unos generan cansancio y los otros no consiguen generar ilusión, el resultado final no es necesariamente el triunfo de uno de los dos, sino un país cada vez menos convencido de que la política sirva para cambiar realmente las cosas.




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https://www.gironanoticies.com/noticia/305203_elpppierdeelrelato-1.htm