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Actualidad Empresarial - 03/08/2026

«El verdadero peligro es entrar en el mar sin preparación»
Jaime González Rivas dejó atrás su carrera en España, recorrió decenas de países y terminó creando en Maldivas un grupo turístico especializado en uno de los encuentros más impresionantes de la naturaleza: el buceo con grandes tiburones. Desde Fuvahmulah defiende que la seguridad, la formación y el respeto deben estar siempre por encima del espectáculo.
La primera reacción suele ser siempre la misma: miedo.
A pocos metros, una silueta de casi cuatro metros avanza lentamente. No realiza movimientos bruscos. No acelera. No parece interesada en atacar. Se acerca, observa durante unos segundos y continúa nadando.
Es un tiburón tigre, uno de los animales que más temor provoca en el imaginario colectivo y, al mismo tiempo, una de las especies más fascinantes del océano.
«La mayoría de las personas llega al agua con la imagen que ha construido el cine. Piensan que el tiburón está buscando atacar. Cuando lo ven comportarse en su entorno, descubren un animal completamente diferente: poderoso, curioso, calculador y mucho menos interesado en nosotros de lo que solemos creer», explica Jaime González Rivas, fundador de Drop Dive Maldives.
Este empresario e instructor español vive entre Rasdhoo y Fuvahmulah, dos islas de Maldivas que representan formas muy diferentes de entender el océano.
Rasdhoo está rodeada de arrecifes, canales, pecios, mantas y tiburones de arrecife. Fuvahmulah, situada en el extremo sur del país y prácticamente sobre el ecuador, se ha convertido en uno de los destinos internacionales más conocidos para observar grandes especies pelágicas, especialmente tiburones tigre.
Bucear con tiburones tigre no es una actividad que deba improvisarse ni presentarse como una atracción de feria.
Antes de entrar en el agua, cada participante debe recibir una explicación detallada sobre la posición que ocupará, la comunicación con los instructores, el comportamiento esperado y la forma correcta de reaccionar si un animal se aproxima.
«La seguridad empieza mucho antes de ponerse la botella. Empieza seleccionando correctamente al cliente, comprobando su experiencia, explicándole qué va a ocurrir y evitando que entre en el agua pensando que esto es una competición para conseguir la fotografía más cercana», señala Jaime González.
Durante la inmersión, los movimientos deben ser controlados. No se debe perseguir, tocar, bloquear ni intentar montar una escena con el animal. El objetivo es observarlo respetando su trayectoria y permitiendo que sea el propio tiburón el que decida la distancia.
«No queremos transformar al tiburón en un actor que tiene que colocarse delante de una cámara. Nosotros somos los visitantes. Él está en su entorno».
Esta diferencia separa, según el empresario español, una experiencia responsable de una actividad diseñada únicamente para generar imágenes espectaculares en redes sociales.
Ninguna actividad desarrollada en el océano está completamente libre de riesgo. El mar cambia, las corrientes pueden intensificarse y cada animal es imprevisible.
Pero riesgo no significa ausencia de control.
La formación del equipo, el conocimiento del punto de inmersión, la selección de los participantes, la meteorología, la experiencia de los guías y el cumplimiento de los protocolos reducen enormemente la posibilidad de que se produzca un problema.
«El mensaje no debe ser que los tiburones son mascotas o que nunca sucede nada. Eso sería irresponsable. El mensaje correcto es que se puede convivir con ellos y observarlos de forma segura cuando se trabaja con conocimiento, prudencia y respeto».
Para Jaime, uno de los mayores errores consiste en confundir la experiencia de un buceador con el número de certificaciones que posee.
«Hay personas con cientos de inmersiones que pierden completamente el control cuando ven un gran tiburón. Y hay otras con menos experiencia que escuchan, mantienen la calma y siguen perfectamente las instrucciones. Por eso la evaluación humana es tan importante».
La relación de Jaime González Rivas con el océano no comenzó como un proyecto empresarial.
Después de estudiar Comunicación Audiovisual y Telecomunicaciones y trabajar en televisión, decidió cambiar radicalmente de vida. Durante varios años recorrió decenas de países y descubrió que quería dedicarse profesionalmente al buceo y al turismo.
En 2017 creó Drop Dive Maldives en Rasdhoo, inicialmente como una operación pequeña, centrada en grupos reducidos y atención personalizada.
El proyecto fue creciendo alrededor de una idea: el cliente no debía contratar por separado el centro de buceo, el hotel, los traslados y las actividades. La empresa debía acompañarlo durante toda la experiencia.
A la operación de Rasdhoo se sumaron posteriormente Fuvahmulah, alojamientos vinculados al grupo, restauración, servicios de transporte marítimo y nuevas líneas de actividad turística.
«No queríamos abrir solamente un centro de buceo. Queríamos construir una marca capaz de cambiar la forma en la que una persona descubre Maldivas».
El grupo trabaja especialmente con viajeros españoles y europeos, aunque recibe clientes de numerosos países. Su propuesta intenta alejarse tanto del turismo masivo como del modelo de resort aislado de la vida local.
«Maldivas no son solamente villas sobre el agua. Hay comunidades, pescadores, pequeños negocios, gastronomía, trabajadores y una cultura que muchas personas nunca llegan a conocer porque pasan todo el viaje dentro de un resort».
Para el fundador de Drop Dive Maldives, el lujo del futuro no consiste necesariamente en mármol, piscinas privadas o habitaciones cada vez más grandes.
«Lujo es estar con un grupo pequeño en mitad del océano y ver aparecer un tiburón tigre. Es que el instructor conozca tu nombre, tus límites y tu experiencia. Es pasar varios días en una isla y que la gente local te reconozca cuando caminas por la calle».
Esta visión encaja con una transformación que empieza a observarse en el turismo internacional: viajeros que prefieren gastar más en experiencias significativas, grupos pequeños y actividades relacionadas con sus aficiones.
El buceo se encuentra en el centro de esa tendencia. No es solamente una actividad deportiva. Para muchas personas representa una forma distinta de viajar, relacionarse con la naturaleza y enfrentarse a sus propios miedos.
La presencia de tiburones también posee un valor económico para las comunidades costeras.
Un animal vivo puede atraer durante años a buceadores, fotógrafos, científicos y viajeros. Su desaparición, en cambio, elimina no solo una pieza esencial del ecosistema, sino también una fuente sostenible de actividad económica.
«La conservación no puede depender únicamente de decirle a una comunidad que proteja un animal. Hay que demostrar que ese animal vivo genera empleo, oportunidades y futuro», afirma Jaime González.
Pero también advierte de que el turismo no es automáticamente conservación.
Una actividad mal gestionada puede alterar el comportamiento de los animales, generar masificación y transformar un ecosistema en un escenario comercial.
«Que una empresa utilice las palabras sostenible o ecológico no significa que lo sea. La verdadera sostenibilidad se demuestra limitando grupos, rechazando clientes cuando las condiciones no son adecuadas y aceptando que no todo vale para conseguir una fotografía».
Tras consolidar sus operaciones en Rasdhoo y Fuvahmulah, Drop Dive Maldives prepara una nueva etapa de expansión vinculada al turismo, el buceo y la hospitalidad en otros destinos asiáticos como Tailandia donde la siguiente temporada estarán ya operando, o en destinos como Seychelles donde la empresa ya está en proceso de apertura de su nueva sede.
El objetivo es trasladar el mismo modelo: operaciones pequeñas, integración entre alojamiento y actividad, atención personalizada y experiencias relacionadas con la fauna marina.
Sin embargo, Jaime González asegura que crecer no puede significar perder la identidad original.
«Es fácil abrir más centros. Lo difícil es conseguir que todos mantengan la misma forma de trabajar cuando el propietario no está delante. El verdadero reto de una empresa no es crecer, sino crecer sin dejar de ser lo que la hizo diferente».
Mientras tanto, en Fuvahmulah, los tiburones continúan apareciendo.
Algunos se aproximan. Otros permanecen en la distancia. Cada encuentro es diferente.
«Cuando una persona vuelve al barco después de su primera inmersión con un tiburón tigre, normalmente ya no habla de miedo. Habla de respeto. Y ese cambio de percepción es probablemente una de las cosas más importantes que podemos conseguir».
Fuente: Emprendedores de Hoy
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