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Autor: Redacció

13, el pintor que aprendió para poder desobedecer

Actualidad Empresarial  -  06/11/2026  - 




Osbel Sanabria González firma con un número una primera serie al óleo que va en dirección contraria a la formación habitual de un pintor: cuanto más domina el oficio, menos necesita demostrarlo.

En la esquina inferior de cada lienzo aparece la misma cifra trazada con el pincel: 13. Es el nombre artístico de Osbel Sanabria González, y funciona casi como una declaración de método. Bajo ese número, la obra se separa de la biografía y se presenta para ser juzgada por lo que ocurre sobre la tela. Y lo que ocurre merece una atención detenida.

Su primera serie es figurativa y deliberadamente cercana: escenas rurales, retratos, jardines, figuras ataviadas para la fiesta o para el escenario. Son asuntos que cualquiera reconoce al primer golpe de vista, y ahí está precisamente la trampa. Lo que interesa de esta pintura no es lo que muestra, que se entrega enseguida, sino la manera en que impide que esa primera lectura sea la definitiva.

El propio artista resume su posición con una fórmula: «estoy a favor de aprender para desaprender». La serie lo confirma lienzo a lienzo. Las pinceladas, más pulidas al comienzo, se vuelven sueltas, rápidas y a veces casi escultóricas, y el conjunto se instala en una franja intermedia entre impresionismo y expresionismo. Conviene leer bien ese movimiento. Lo habitual en la formación de un pintor es avanzar de la torpeza hacia la corrección. 13 recorre el camino inverso con plena conciencia: dispone de los recursos para construir una imagen acabada y los emplea para impedir que el acabado decida por él. Solo puede desobedecer una norma quien la conoce, y en estas telas la soltura llega después del oficio.

Esa decisión tiene consecuencias visibles. A distancia, las pinturas impactan: contrastes intensos, masas de color que se distinguen al instante, composiciones que se entienden de un vistazo. Al acercarse, la superficie cambia de naturaleza. El óleo se acumula en capas espesas que se leen como relieve antes que como forma; la carne de los rostros se construye con empastes de rosa y carmín, y los fondos se resuelven en franjas verticales arrastradas que funcionan a la vez como decorado y como estructura. El acabado no se reparte por igual: zonas trabajadas con minuciosidad conviven con otras resueltas en unos pocos golpes. Esa desigualdad marca el ritmo de la mirada. Donde la pintura es continua, el ojo avanza; donde la materia se amontona, se detiene. Las obras de 13 piden una segunda mirada, y esa segunda mirada corrige la primera.

Entre sus afinidades, el artista cita a Henri Matisse, Edvard Munch y el húngaro Imre Ámos. De Matisse procede un color liberado de la obligación de describir, aunque en estos lienzos resulta menos apaciguador y admite choques ásperos: verdes ácidos junto a rojos densos, carnaciones que derivan hacia el violeta o se cruzan con un trazo verde. De Munch, la convicción de que pintar consiste en construir una experiencia antes que en copiar una apariencia, con una paleta capaz de pasar de lo sombrío a lo deslumbrante sin cambiar de lógica. De Ámos, la posibilidad de conservar una figuración reconocible bajo una transformación subjetiva. Pero 13 trabaja en otro tiempo. La libertad que conquistaron aquellas vanguardias hace más de un siglo es ya patrimonio común; su pregunta es qué hacer hoy con ella para que no se convierta en un estilo de repertorio.

La trayectoria ayuda a entender esa exigencia. Osbel comenzó a pintar de manera informal hacia los siete años, se formó como autodidacta y trabajó como cocinero y como tatuador, dos oficios que exigen precisión manual y decisiones encadenadas sobre la materia. Hacia los treinta encontró la confianza para mostrar públicamente su obra. La serie nació en Cuba, cuando recibió unos materiales difíciles de conseguir allí, y se percibe como un periodo concentrado de ensayo: una pintura que descubre lo que puede hacer mientras lo hace.

Una idea recorre además el conjunto. Osbel define el estado en que pintó estas obras como «una controversia entre ego y ser» y vuelve una y otra vez a una frase: «vivimos en un show». La escena, el telón y el traje de fiesta reaparecen a lo largo de la serie, y con ellos un mismo instante: el que precede a ser mirado. En un presente en que existir y mostrarse casi se confunden, esa espera adquiere el valor de un retrato colectivo. Y la pintura lo sostiene con sus propios medios: la imagen se deja reconocer, pero la superficie nunca termina de cerrarse.

Para coleccionistas, galeristas y críticos, el interés de 13 reside en una combinación poco frecuente: oficio suficiente para construir imágenes de impacto inmediato y la disciplina de no conformarse con ellas.. Ofrece una posición clara, la de un pintor que ha llegado lo bastante lejos en el aprendizaje como para poder contradecirlo. Es el momento en que una trayectoria merece seguirse de cerca.

La obra de 13 puede consultarse en su perfil de Artsy: artsy.net/artist/13

Antonio Sánchez

Director de 1819 Art Gallery


Autor: Redacció





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